domingo, 21 de junio de 2015

VIVIR PARA SER FELIZ.-Después de los cincuenta.


La dificultad de envejecer con dignidad

El aumento de la población de más de sesenta años ,en los últimos años, es un hecho admitido por todos pero atendido por muy pocos.

Internet tiene ventajas y desventajas, pero no cabe duda que en la red se reflejan los intereses de nuestra sociedad. Navegando he podido apreciar que abundan páginas ofreciendo consejos a personas de cincuenta años. En torno a esa edad se agita un gran mercado  que estimula a ejercitarte, vestirte y peinarte de determinada manera. Inclusive inducen a realizar algunos “arreglos” que faciliten el rejuvenecimiento. Informan que si estás solo aún estás a tiempo de buscar compañía, si estás acompañado, pero los hijos han emprendido su propio camino, puedes regresara a esos proyectos que dejaste pendientes. Todo es posible aún. Pero parece que el fin de la vida plena se presenta al pasar esa barrera de los gloriosos y prometedores cincuenta. Pocos sitios se ocupan de los sesenta años en adelante. Es más, parece que los de sesentones no existen.  Después de pasar los cincuenta los comentarios y consejos se dirigen a las personas mayores en general, uniformando sus capacidades y potencial de interacción con el medio ambiente.

Según parece a los sesenta se atraviesa una barreta importante, ya no piensas como a los cincuenta que puedes emprender tareas pendientes porque no tienes la energía y debes concentrar la energía que te resta en sobrevivir. Esto lo deduzco porque todos los consejos orientan a una vida de cuidados, práctica de ejercicios regulares pero moderados, dietas y prevención de enfermedades propias de la vejez.

Se ha llamado tercera edad, a la última década de la vida, cuando ciertas capacidades han disminuido, dando lugar a cambios físicos y emocionales. Pero no todos los individuos envejecen de la misma forma y la expectativa de vida, sobre todo de vida útil, se ha ido extendiendo. Por un lado los nuevos hábitos saludables han permitido a las personas mantenerse activos, interactuando con su medio, produciendo más allá de los setenta años. Por eso ahora se habla de una cuarta edad.

La mayoría de las personas llegan a esta edad, lúcidos, activos, interesados por el mundo que los rodea. Es una etapa formidable para desarrollar actividades sociales, reunirse periódicamente con los amigos, utilizar la experiencia para participar en grupos que trabajan en proyectos productivos para la comunidad. Esta actitud permitirá superar mejor algunos contratiempos de salud que puedan presentarse. Eso de inventarse limitaciones “porque no estoy bien”, ya no está de moda.

Tener grupos para compartir proyectos, protege de la depresión que suele afectar en esta etapa, depresión muchas veces motivada por la forma en que son tratados por su entorno. Las personas de setenta son invisibles, percibidos muchas veces como mercancía vencida, inclusive por familiares. Y lógicamente resulta frustrante, es doloroso, saber que lo que tienes para ofrecer no es necesitado.

A los setenta es más probable sufrir pérdida de amigos y familiares,  no solo por fallecimiento, también por discapacidad. Personas con las que se han compartido experiencias únicas, se van y se llevan parte de esos momentos compartidos.

A medida que transcurren los setenta disminuye la preocupación por las arrugas y preocupa más no poder ubicar de inmediato el carro en un estacionamiento. El fantasma más aterrador de esta generación  tan informada, es el Alzheimer.

Pertenecemos a una generación que no tuvo los beneficios de la generación pasada y tampoco de los que nos siguen. Nos tocó ser eficientes y criar hijos no solo con afecto y autoridad, debimos cargar el manual de psicología frente a los ojos. En esa época las deficiencias de los hijos se atribuían a los padres (algunos hijos han hecho de esto una letanía para justificar sus desaciertos). Fuimos parte de una generación intermedia bastante maltratada por los cambios. Nos casamos con las expectativas antiguas y nos divorciamos a la moderna. Las mujeres salimos a trabajar atosigadas por los mayores y los retrógrados, que nos querían regresar a la casa. Y no tuvimos la libertad de los padres de hoy, que enseñan a sus hijos a respetar sus espacios y pueden hacerlos responsables por sus acciones.

Los setenta, solos o acompañados, pueden ser muy buenos. Pero depende de nuestra actitud, porque estamos bastante solos para abordarlos , explorando un territorio desconocido, para nosotros y para los que nos rodean. Lo mejor es dejarnos guiar por un principio que nos ha permitido llegar hasta aquí con una cierta sonrisa, y es que en el fondo todo se resume en el propósito de vivir con dignidad.   
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